Más que querer hondar en la memoria o en las consecuencias de un país que hasta hace poco puede hablar de un postconflicto, la obra es una imagen abstracta que muestra el emerger de toda una congregación de individuos que se encontraron durante un largo periodo en la imposibilidad del producir. El fique, un material rustico, sin un alto valor comercial, con un fin meramente textil, conocido en pocos países fuera de América Latina, se convierte en una de las plantaciones que se da en contraposición del trabajo con la producción de coca. Junto con los campesinos que optaron por seguir este camino, la artista hace una integración de labores, donde respeta su proceso, sus tiempos y el valor real de su trabajo, donde no pretende alterar una actividad orgánica y propia de los cultivadores de fique de Curití, sino más bien integrarla ahora a su labor como artista.

 

Entonces la obra y su proceso mismo se convierte en una labor que crea integración social y de género, durante la serie de pasos para lograr que el fique tome esta forma de cabellos lisos y gruesos, hombres y mujeres trabajan conjuntamente, creando una alternancia en el proceso de concebir la obra como aquí se presenta. A partir de esto se genera entonces una evolución del material el cual construye los paisajes subjetivos de Alejandra, aquellos que se fabrican fibra por fibra y en los que se puede adentrar o contemplar desde la distancia.

 

Presentamos entonces con esta exposición a la naturaleza en su forma líquida, en su cambio de apariencia, pero no evocando sus procesos naturales irreversibles, sino más bien exponiendo el resultado de la intervención del hombre y la mujer en ella, con la diferencia de que esta vez lo que se busca es exponer la belleza dentro de esta apropiación. Se cosecha, se corta, se pela, se lava, se seca, su cuerpo transmuta de tal forma que su olor y su color se alteran. En un mundo que está intentando rediseñar los procesos, servicios y productos hacia una civilización humana sostenible, esta vez la artista no pretender tener el control sobre la naturaleza ni explotarla, sino más bien adentrarse en el proceso para aprender a participar de manera apropiada y sostenible junto con ella.

The work takes its distance to delving into a memory or the aftermath of a country that only has started to acknowledge its post-conflict status. It thus presents an abstract image portraying an emergence of a congregation of individuals living under the circumstances of plant production. Originally from Mexico, the sylvan and unique material of fique has no real commercial value, and is used purely for manufacturing textile fibres. The plant’s production purposes are contradictory to the ones of coca plant. Along with the peasants who chose to follow this path, the craftsmanship behind the work gives respect to the process and values the time used. Here the artist employs the original organic work of the growers of fique de Curiti. Fique’s hair-like qualities bring together the weaving workers, crossing social and gender dimensions.

 

We present this exhibition in its natural liquid form, in its transforming appearance, where we aim not to evoke irreversible natural processes, but rather exposing the results of the human intervention, that is the difference in time and the beauty in this appropriation. Once harvested, cut, peeled, washed and dried, the body is transmuted by altering colors and smells. In a world that is trying to redesign processes, services and products towards a sustainable human civilization it is essential to note, that with this presentation we do not claim control over nature nor aim to exploit it, but rather to initiate a process to learn to exist sustainably with it. In fact, the processes that give shape to works by Alejandra are all handmade. Accordingly, her work is made of biodegradable elements. Fiber by fiber she builds these subjective landscapes, in which you can immerse or take distance to.