Durán es una de esas artistas que ha evadido la promoción de su obra. Para ella lo principal es pintar, dibujar, sembrar, estar con sus hijos y meditar en una pequeña casa en el campo. Así que su obra está por descubrirse. Su muestra nos invita a pensar en el fracaso de la modernidad y las preguntas que nos hacemos en torno al denominado progreso. De qué nos ha servido, si cada vez, a pesar de  las comunicaciones, el ser humano está más incomunicado y, en su afán de ser superior sobre todas las cosas, ha destruido la naturaleza y hoy las heridas quizás no cicatricen.

La exposición se divide en tres secciones. Primero, encontramos la serie del I Ching inspirada en el Libro oracular chino, en la segunda división se hallan los trípticos de animales, y los paisajes realizados a partir de una técnica oriental y en la tercera división observamos los rollos de dibujo que se extienden entre la pared y el piso dibujados a partir de una sola línea con temáticas de  cosmogonías y nuevos mundos.  La muestra nos hace pensar en la belleza extinta y nos invita a respirar a   ralentizar la mirada. Nos conduce a la contemplación, en un momento tan dramático para la humanidad, hasta los niños alrededor del mundo están sintiendo estrés por el cambio climático, la extinción de cientos de especies, el derretimiento de los polos, la escasez del agua y la falta de alimentos.

A pesar de querer ocultarse del medio artístico, Liliana Durán ocupa un lugar muy importante en el arte colombiano. A los 9 años vivió en Londres y conoció al pintor boliviano Fernando Montes, quien  le hizo un retrato a su madre. En este taller  se relacionó con los pinceles, el óleo, la técnica de la cola de conejo, el temple  y  realizó dos bodegones que se encuentran hoy  colgados en su casa. Allí supo que lo suyo era el arte.  Montes fue su primer Maestro, luego vendría Juan Antonio Roda y sus enseñanzas en los Andes, y en su Maestría en Artes en Maryland Institute College of Art, en  Baltimore,  conoció a Salvatore Scarpitta, uno de los artistas consentidos de Leo Castelli, quien le enseñó a sentir la obra, donde la intuición prima antes que los conceptos.

 

Durán fue una de las pioneras de las practicas ambientalistas en el país, al igual que la artista Alicia Barney.  En la década de los 80 realizó varias acciones plásticas con sus estudiantes del Instituto de Bellas Artes de Cali. Con sus alumnos cubrió con gaza los troncos de las ceibas, árbol emblemático de la ciudad, manifestando lo frágil de la naturaleza y la importancia de volver a observar los árboles y cuidarlos. El material empleado lo utilizó como una premonición de la naturaleza herida. En otra ocasión, colgó en las vías de la salida de Cali grandes pancartas en las que pintó árboles pequeños en sus bolsas negras. Arriba la valla y al lado de la carretera dejaba estos árboles para que los conductores no los atropellaran, los adoptaran y comprendieran la necesidad de sembrar. Luego realizó un  performance en el que copió cien veces  a mano la frase  de una estrofa de  Money una de las  canciones de Pink Floyd:  “Money, it’s a crime / Share it fairly, but don’t take a slice of my pie / Money, so they say / Is the root of all evil today.”  El centenar de frases lo envió por fax a cien empresas de Cali, acentuando que lo esencial se nubla  por  el materialismo exacerbado. Sin embargo no obtuvo ninguna respuesta.

 

A finales de la década de los 80 sus dibujos y pinturas figurativas neo-expresionistas se vieron influenciadas por el movimiento de  la Trans-vanguardia italiana, bautizada así por el crítico Aquille Bonito Oliva. Este movimiento promulgaba un regreso a la pintura con un lenguaje que se caracterizaba por su eclecticismo histórico y respondía al conceptualismo de la época. En estos años, Durán dio rienda suelta al mundo femenino e hizo un homenaje a la artista Käthe Kollwitz adentrándose más en el dolor del ser humano. Luego vino la época de su serie del Apocalipsis.

En esa época además de trabajar como docente, criar a dos hijos y observar el maltrato con la naturaleza, decidió poner un refugio de animales. Esta experiencia resultó ser traumática debido a que tuvo que enfrentar el maltrato animal.  Regresó a Bogotá donde se vinculó como docente en la Universidad de los Andes. Paralelamente, empezó realizar una obra sosegada, en la que combina movimientos lentos y fluidos e inspirada en los grandes rollos orientales del taoísmo,  dibujos que se enrollan y se desenrollan con dibujos y trazos minimal con la técnica  sumie, proveniente de China. Esta técnica se acopla más a su manera de vida, a la meditación y  a las  dos prácticas que realiza: el Tai Chi y el Chi kung, esta última se basa en el control de la respiración. Hace un año también viajó a un monasterio al Monte Quincheng, lugar considerado como el nacimiento del Taoismo. Allí ahondó con una Maestra Tao sobre lo espiritual y lo femenino.

 Su interés por Oriente la ha llevado a realizar una serie en torno al Libro de las mutaciones, el I Ching. En este libro, la sabiduría ancestral china se comunica a través de los hexagramas y su relación con la naturaleza. En Silencio, observamos una versión de los 64 hexagramas en la que Durán por medio de sus pinturas abstractas y otras figurativas con temas de la naturaleza ofrece algunas respuestas

De su exploración  del  libro oracular.

En el Homenaje al planeta, serie compuesta por 365 pinturas realizadas en pequeño formato combinado la técnica  del  óleo y sumi-e. En ella, la artista hace  una reflexión sobre la desaparición de las especies, que está directamente relacionada con el comportamiento humano. Además, como parte de la exposición, Durán  organiza una siembra en los cerros orientales. De manera que quien lleve un árbol a la galería  para sembrar, la artista le regalará una de estas pinturas. Es decir, de manera paralela se realiza un canje para nuestro planeta.

A partir de la anterior serie, la artista comenzó a realizar trípticos, en los aparecen dibujos precisos y delicados de animales en el primer panel, en el segundo, se diluyen los detalles de cada animal y, en el tercer panel, los animales desaparecen por completo. También comenzó a pintar paisajes realizados con tierra, carbón, laminilla de oro y acrílicos. En ellos se aprecian las montañas y  se reconocen los  páramos. Al usar el polvo de oro podemos pensar que  se trata de la cosmogonía, de los mitos andinos, del  Dorado en nuestro territorio. Sin embargo, esos imaginarios de abundancia también se traducen en una de las plagas, una de las grandes maldiciones para la naturaleza, primeo la fiebre del oro de los españoles, y hoy el gran flagelo la minería. A pesar de esta amenaza, los paisajes que han sido despojados de los minerales, de los animales y de la vegetación se presentan desnudos, como un paraíso sin ropaje, con una extrañeza perturbadora, tal vez nos señalan que la naturaleza se restaura sin la presencia del ser humano.

 

Su interés por el paisaje se ve reflejado desde el manifiesto escrito en un diario a comienzos del milenio, donde expresa: “El paisaje natural no es solamente es mi registro, mi grito, sino también es mi herramienta. Es la realidad del cambio, de lo intemporal, que  está sujeto al azar, al igual  que  la propia vida. El paisaje es ese espacio que captamos en la distancia, o en la cercanía. Es un conjunto real pero puede ser la imagen más abstracta, y si la aprendemos a observar se convierte en el verdadero maestro. Es ahí donde aprendemos que cuando vemos una flor su belleza no radica en el adjetivo que le damos, sino en la flor en sí, nos volvemos parte de ella.” Así, su pintura opera con la intuición, con las fuerzas creadoras que se obtienen con las disciplinas que interioriza cada día. En otras palabras, el espíritu del arte se identificaba con el espíritu del universo.

La artista nos invita a guardar silencio, tal vez por los animales extintos, tal vez para que frenemos el acelere del día a día, tal vez para que contemplemos, tal vez para volver a la naturaleza. Tal vez el silencio sea para pedirle perdón a la Madre Tierra por perforarla, por aniquilarla, por verter toneladas de basura y de mercurio en ella, por destruir los bosques, por verter medicamentos en los océanos sin tener en cuenta es el alimento de los peces, por inyectarles antibióticos a las vacas para que den más leche, o por seguir usando plástico, o por construir galpones donde matan más de un millón de pollos diariamente. Pero ante todo, un silencio para darnos una pausa y regresar a lo esencial. Esta es una exposición sutil silenciosa, para apagar los celulares  y dejarse llevar por la respiración viendo las líneas de los dibujos  que no tienen fin, para leer el I Ching,  y para pensar que los artistas pueden realizar una obra atemporal y sin etiquetas.